La Biblia enseña que edificar la casa de Dios y contribuir a esa obra son expresiones de fe y amor. Cuando participamos en la edificación y el apoyo de la iglesia, demostramos gratitud y compromiso con el reino de Dios.
Así como el pueblo de Israel se unió con alegría para construir el templo del Señor, a nosotros también se nos llama a participar en la edificación de la casa de Dios hoy. Nuestras ofrendas y esfuerzos revelan un corazón dispuesto y lleno de adoración que desea ver la presencia de Dios morando entre su pueblo.
Dediquen, pues, su corazón y su alma a buscar al SEÑOR su Dios. Levántense y edifiquen el santuario del SEÑOR Dios, para traer el arca del pacto del SEÑOR y los utensilios sagrados de Dios a la casa que ha de ser edificada al nombre del SEÑOR.
(1 Crónicas 22:19)
En 1 Crónicas 29 vemos un poderoso ejemplo de dedicación a Dios. David sabía que no construiría el templo, pero aun así, se preparó con esmero y donó sus posesiones a la casa del Señor.
Además, en mi anhelo por la casa de mi Dios, doy mi tesoro personal de oro y de plata para la casa de mi Dios, además de todo lo que he preparado para el edificio del santuario;
(1 Crónicas 29:3)
Este gesto demuestra que las ofrendas para la construcción de la iglesia no se limitan al dinero. También son una prueba de amor, fe y compromiso con el reino de Dios. El pueblo, inspirado por el ejemplo del rey, respondió con alegría y contribuyó generosamente.
Y el pueblo se regocijó por haber contribuido con ofrendas voluntarias, porque con un corazón íntegro habían hecho al SEÑOR ofrendas voluntarias. Y el rey David se alegró muchísimo.
(1 Crónicas 29:9)
Porque, ¿quién soy yo, y qué es mi pueblo, para que podamos ofrecer espontáneamente cosas como estas, siendo todo tuyo, y que de lo que hemos recibido de tu mano, te damos?
(1 Crónicas 29:14)
El pueblo reconocía que todo lo que tenían venía de la mano de Dios, pues de él provienen todas las cosas. Al ofrendar, no solo devolvían parte de lo que habían recibido de él, sino que expresaban su gratitud y su dependencia total de Dios. Ofrendaban con gozo y con corazones agradecidos.
De igual manera, hoy se nos llama a participar en la edificación de la iglesia, ya sea mediante la construcción física de un templo o el fortalecimiento espiritual del cuerpo de Cristo. Debemos hacerlo por amor, reconociendo la bondad y fidelidad de Dios al proveernos todo lo que necesitamos.
Pablo nos recuerda que:
Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación porque Dios ama al dador alegre.
(2 Corintios 9:7)
Contribuir a la casa del Señor es invertir en la expansión del reino. El profeta Hageo exhorta:
Suban al monte, traigan madera y reedifiquen el templo. Yo tendré satisfacción en ello y seré honrado, ha dicho el SEÑOR.
(Hageo 1:8)
Cada ofrenda, dada con amor y fe, se convierte en un “ladrillo” en la construcción de la obra de Dios, para que el nombre del Señor sea exaltado y su gloria habite entre su pueblo.
Por lo tanto, ya no son extranjeros ni forasteros sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien ensamblado, va creciendo hasta ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
(Efesios 2:19-22)
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