Salmo del Día
Un Salmo bíblico diario para inspirar y mejorar tu día.
Salmo de Hoy
Sálvanos, Señor , que ya no hay gente fiel; ya no queda gente sincera en este mundo.
No hacen sino mentirse unos a otros; sus labios lisonjeros hablan con doblez.
El Señor cortará todo labio lisonjero y toda lengua jactanciosa
que dice: «Venceremos con la lengua; en nuestros labios confiamos. ¿Quién puede dominarnos a nosotros?»
Dice el Señor : «Voy ahora a levantarme, y pondré a salvo a los oprimidos, pues al pobre se le oprime, y el necesitado se queja».
Las palabras del Señor son puras, son como la plata refinada, siete veces purificada en el crisol.
Tú, Señor , nos protegerás; tú siempre nos defenderás de esta gente,
aun cuando los malvados sigan merodeando, y la maldad sea exaltada en este mundo.
Salmo de Ayer
Oh Dios, tú nos has rechazado y has abierto brecha en nuestras filas; te has enojado con nosotros: ¡restáuranos ahora!
Has sacudido la tierra, la has resquebrajado; repara sus grietas, porque se desmorona.
Has sometido a tu pueblo a duras pruebas; nos diste a beber un vino embriagador.
Da a tus fieles la señal de retirada, para que puedan escapar de los arqueros. Selah
Líbranos con tu diestra, respóndenos para que tu pueblo amado quede a salvo.
Dios ha dicho en su santuario: «Triunfante repartiré a Siquén, y dividiré el valle de Sucot.
Mío es Galaad, mío es Manasés; Efraín es mi yelmo y Judá mi cetro.
En Moab me lavo las manos, sobre Edom arrojo mi sandalia; sobre Filistea lanzo gritos de triunfo».
¿Quién me llevará a la ciudad fortificada? ¿Quién me mostrará el camino a Edom?
¿No eres tú, oh Dios, quien nos ha rechazado? ¡Ya no sales, oh Dios, con nuestros ejércitos!
Bríndanos tu ayuda contra el enemigo, pues de nada sirve la ayuda humana.
Con Dios obtendremos la victoria; ¡él pisoteará a nuestros enemigos!
Salmo de Anteayer
Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión.
En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas.
Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: «¡Cántennos un cántico de Sión!»
¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?
Ah, Jerusalén, Jerusalén, si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque!
Si de ti no me acordara, ni te pusiera por encima de mi propia alegría, ¡que la lengua se me pegue al paladar!
Señor , acuérdate de los edomitas el día en que cayó Jerusalén. «¡Arrásenla —gritaban—, arrásenla hasta sus cimientos!»
Hija de Babilonia, que has de ser destruida, ¡dichoso el que te haga pagar por todo lo que nos has hecho!
¡Dichoso el que agarre a tus pequeños y los estrelle contra las rocas!