Salmo del Día

Un Salmo bíblico diario para inspirar y mejorar tu día.

Salmo de Hoy

En verdad, ¡cuán bueno es Dios con Israel, con los puros de corazón!

Yo estuve a punto de caer, y poco me faltó para que resbalara.

Sentí envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de esos malvados.

Ellos no tienen ningún problema; su cuerpo está fuerte y saludable.

Libres están de los afanes de todos; no les afectan los infortunios humanos.

Por eso lucen su orgullo como un collar, y hacen gala de su violencia.

¡Están que revientan de malicia, y hasta se les ven sus malas intenciones!

Son burlones, hablan con doblez, y arrogantes oprimen y amenazan.

Con la boca increpan al cielo, con la lengua dominan la tierra.

Por eso la gente acude a ellos y cree todo lo que afirman.

Hasta dicen: «¿Cómo puede Dios saberlo? ¿Acaso el Altísimo tiene entendimiento?»

Así son los impíos; sin afanarse, aumentan sus riquezas.

En verdad, ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en la inocencia,

si todo el día me golpean y de mañana me castigan?

Si hubiera dicho: «Voy a hablar como ellos», habría traicionado a tu linaje.

Cuando traté de comprender todo esto, me resultó una carga insoportable,

hasta que entré en el santuario de Dios; allí comprendí cuál será el destino de los malvados:

En verdad, los has puesto en terreno resbaladizo, y los empujas a su propia destrucción.

¡En un instante serán destruidos, totalmente consumidos por el terror!

Como quien despierta de un sueño, así, Señor, cuando tú te levantes, desecharás su falsa apariencia.

Se me afligía el corazón y se me amargaba el ánimo

por mi necedad e ignorancia. ¡Me porté contigo como una bestia!

Pero yo siempre estoy contigo, pues tú me sostienes de la mano derecha.

Me guías con tu consejo, y más tarde me acogerás en gloria.

¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra.

Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna.

Perecerán los que se alejen de ti; tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí el bien es estar cerca de Dios. He hecho del Señor Soberano mi refugio para contar todas sus obras.

Salmo 73

Salmo de Ayer

Dice el pecador: «Ser impío lo llevo en el corazón». No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Cree que merece alabanzas y no halla aborrecible su pecado.

Sus palabras son inicuas y engañosas; ha perdido el buen juicio y la capacidad de hacer el bien.

Aun en su lecho trama hacer el mal; se aferra a su mal camino y persiste en la maldad.

Tu amor, Señor , llega hasta los cielos; tu fidelidad alcanza las nubes.

Tu justicia es como las altas montañas; tus juicios, como el gran océano. Tú, Señor , cuidas de hombres y animales;

¡cuán precioso, oh Dios, es tu gran amor! Todo ser humano halla refugio a la sombra de tus alas.

Se sacian de la abundancia de tu casa; les das a beber de tu río de deleites.

Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz podemos ver la luz.

Extiende tu amor a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón.

Que no me aplaste el pie del orgulloso, ni me desarraigue la mano del impío.

Vean cómo fracasan los malvados: ¡caen a tierra, y ya no pueden levantarse!

Salmo 36

Salmo de Anteayer

Den gracias al Señor , invoquen su nombre; den a conocer sus obras entre las naciones.

Cántenle, entónenle salmos; hablen de todas sus maravillas.

Siéntanse orgullosos de su santo nombre; alégrese el corazón de los que buscan al Señor.

Recurran al Señor y a su fuerza; busquen siempre su rostro.

Recuerden las maravillas que ha realizado, sus señales, y los decretos que ha emitido.

¡Ustedes, descendientes de Abraham su siervo! ¡Ustedes, hijos de Jacob, elegidos suyos!

Él es el Señor , nuestro Dios; en toda la tierra están sus decretos.

Él siempre tiene presente su pacto, la palabra que ordenó para mil generaciones.

Es el pacto que hizo con Abraham, el juramento que le hizo a Isaac.

Se lo confirmó a Jacob como un decreto, a Israel como un pacto eterno,

cuando dijo: «Te daré la tierra de Canaán como la herencia que te toca».

Aun cuando eran pocos en número, unos cuantos extranjeros en la tierra

que andaban siempre de nación en nación y de reino en reino,

a nadie permitió que los oprimiera, sino que por ellos reprendió a los reyes:

«No toquen a mis ungidos; no hagan daño a mis profetas».

Dios provocó hambre en la tierra y destruyó todos sus trigales.

Pero envió delante de ellos a un hombre: a José, vendido como esclavo.

Le sujetaron los pies con grilletes, entre hierros le aprisionaron el cuello,

hasta que se cumplió lo que él predijo y la palabra del Señor probó que él era veraz.

El rey ordenó ponerlo en libertad, el gobernante de los pueblos lo dejó libre.

Le dio autoridad sobre toda su casa y lo puso a cargo de cuanto poseía,

con pleno poder para instruir a sus príncipes e impartir sabiduría a sus ancianos.

Entonces Israel vino a Egipto; Jacob fue extranjero en el país de Cam.

El Señor hizo que su pueblo se multiplicara; lo hizo más numeroso que sus adversarios,

a quienes trastornó para que odiaran a su pueblo y se confabularan contra sus siervos.

Envió a su siervo Moisés, y a Aarón, a quien había escogido,

y estos hicieron señales milagrosas entre ellos, ¡maravillas en el país de Cam!

Envió tinieblas, y la tierra se oscureció, pero ellos no atendieron a sus palabras.

Convirtió en sangre sus aguas y causó la muerte de sus peces.

Todo Egipto se infestó de ranas, ¡hasta las habitaciones de sus reyes!

Habló Dios, e invadieron todo el país enjambres de moscas y mosquitos.

Convirtió la lluvia en granizo, y lanzó relámpagos sobre su tierra;

derribó sus vides y sus higueras, y en todo el país hizo astillas los árboles.

Dio una orden, y llegaron las langostas, ¡infinidad de saltamontes!

Arrasaron con toda la vegetación del país, devoraron los frutos de sus campos.

Hirió de muerte a todos los primogénitos del país, a las primicias de sus descendientes.

Sacó a los israelitas cargados de oro y plata, y no hubo entre sus tribus nadie que tropezara.

Los egipcios se alegraron de su partida, pues el miedo a los israelitas los dominaba.

El Señor les dio sombra con una nube, y con fuego los alumbró de noche.

Pidió el pueblo comida, y les envió codornices; los sació con pan del cielo.

Abrió la roca, y brotó agua que corrió por el desierto como un río.

Ciertamente Dios se acordó de su santa promesa, la que hizo a su siervo Abraham.

Sacó a su pueblo, a sus escogidos, en medio de gran alegría y de gritos jubilosos.

Les entregó las tierras que poseían las naciones; heredaron el fruto del trabajo de otros pueblos

para que ellos observaran sus preceptos y pusieran en práctica sus leyes. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor !

Salmo 105