Salmo del Día
Un Salmo bíblico diario para inspirar y mejorar tu día.
Salmo de Hoy
Oigan esto, pueblos todos; escuchen, habitantes todos del mundo,
tanto débiles como poderosos, lo mismo los ricos que los pobres.
Mi boca hablará con sabiduría; mi corazón se expresará con inteligencia.
Inclinaré mi oído a los proverbios; propondré mi enigma al son del arpa.
¿Por qué he de temer en tiempos de desgracia, cuando me rodeen inicuos detractores?
¿Temeré a los que confían en sus riquezas y se jactan de sus muchas posesiones?
Nadie puede salvar a nadie, ni pagarle a Dios rescate por la vida.
Tal rescate es muy costoso; ningún pago es suficiente.
Nadie vive para siempre sin llegar a ver la fosa.
Nadie puede negar que todos mueren, que sabios e insensatos perecen por igual, y que sus riquezas se quedan para otros.
Aunque tuvieron tierras a su nombre, sus tumbas serán su hogar eterno, su morada por todas las generaciones.
A pesar de sus riquezas, no perduran los mortales; al igual que las bestias, perecen.
Tal es el destino de los que confían en sí mismos; el final de los que se envanecen. Selah
Como ovejas, están destinados al sepulcro; hacia allá los conduce la muerte. Sus cuerpos se pudrirán en el sepulcro, lejos de sus mansiones suntuosas. Por la mañana los justos prevalecerán sobre ellos.
Pero Dios me rescatará de las garras del sepulcro y con él me llevará. Selah
No te asombre ver que alguien se enriquezca y aumente el esplendor de su casa,
porque al morir no se llevará nada, ni con él descenderá su esplendor.
Aunque en vida se considere dichoso, y la gente lo elogie por sus logros,
irá a reunirse con sus ancestros, sin que vuelva jamás a ver la luz.
A pesar de sus riquezas, no perduran los mortales; al igual que las bestias, perecen.
Salmo de Ayer
Bendeciré al Señor en todo tiempo; mis labios siempre lo alabarán.
Mi alma se gloría en el Señor ; lo oirán los humildes y se alegrarán.
Engrandezcan al Señor conmigo; exaltemos a una su nombre.
Busqué al Señor , y él me respondió; me libró de todos mis temores.
Radiantes están los que a él acuden; jamás su rostro se cubre de vergüenza.
Este pobre clamó, y el Señor le oyó y lo libró de todas sus angustias.
El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen; a su lado está para librarlos.
Prueben y vean que el Señor es bueno; dichosos los que en él se refugian.
Teman al Señor , ustedes sus santos, pues nada les falta a los que le temen.
Los leoncillos se debilitan y tienen hambre, pero a los que buscan al Señor nada les falta.
Vengan, hijos míos, y escúchenme, que voy a enseñarles el temor del Señor.
El que quiera amar la vida y gozar de días felices,
que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños;
que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga.
Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a sus oraciones;
el rostro del Señor está contra los que hacen el mal, para borrar de la tierra su memoria.
Los justos claman, y el Señor los oye; los libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.
Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas;
le protegerá todos los huesos, y ni uno solo le quebrarán.
La maldad destruye a los malvados; serán condenados los enemigos de los justos.
El Señor libra a sus siervos; no serán condenados los que en él confían.
Salmo de Anteayer
Pueblo mío, atiende a mi enseñanza; presta oído a las palabras de mi boca.
Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño,
cosas que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado.
No las esconderemos de sus descendientes; hablaremos a la generación venidera del poder del Señor , de sus proezas, y de las maravillas que ha realizado.
Él promulgó un decreto para Jacob, dictó una ley para Israel; ordenó a nuestros antepasados enseñarlos a sus descendientes,
para que los conocieran las generaciones venideras y los hijos que habrían de nacer, que a su vez los enseñarían a sus hijos.
Así ellos pondrían su confianza en Dios y no se olvidarían de sus proezas, sino que cumplirían sus mandamientos.
Así no serían como sus antepasados: generación obstinada y rebelde, gente de corazón fluctuante, cuyo espíritu no se mantuvo fiel a Dios.
La tribu de Efraín, con sus diestros arqueros, se puso en fuga el día de la batalla.
No cumplieron con el pacto de Dios, sino que se negaron a seguir sus enseñanzas.
Echaron al olvido sus proezas, las maravillas que les había mostrado,
los milagros que hizo a la vista de sus padres en la tierra de Egipto, en la región de Zoán.
Partió el mar en dos para que ellos lo cruzaran, mientras mantenía las aguas firmes como un muro.
De día los guió con una nube, y toda la noche con luz de fuego.
En el desierto partió en dos las rocas, y les dio a beber torrentes de aguas;
hizo que brotaran arroyos de la peña y que las aguas fluyeran como ríos.
Pero ellos volvieron a pecar contra él; en el desierto se rebelaron contra el Altísimo.
Con toda intención pusieron a Dios a prueba, y le exigieron comida a su antojo.
Murmuraron contra Dios, y aun dijeron: «¿Podrá Dios tendernos una mesa en el desierto?
Cuando golpeó la roca, el agua brotó en torrentes; pero ¿podrá también darnos de comer?, ¿podrá proveerle carne a su pueblo?»
Cuando el Señor oyó esto, se puso muy furioso; su enojo se encendió contra Jacob, su ira ardió contra Israel.
Porque no confiaron en Dios, ni creyeron que él los salvaría.
Desde lo alto dio una orden a las nubes, y se abrieron las puertas de los cielos.
Hizo que les lloviera maná, para que comieran; pan del cielo les dio a comer.
Todos ellos comieron pan de ángeles; Dios les envió comida hasta saciarlos.
Desató desde el cielo el viento solano, y con su poder levantó el viento del sur.
Cual lluvia de polvo, hizo que les lloviera carne; ¡nubes de pájaros, como la arena del mar!
Los hizo caer en medio de su campamento y en los alrededores de sus tiendas.
Comieron y se hartaron, pues Dios les cumplió su capricho.
Pero el capricho no les duró mucho: aún tenían la comida en la boca
cuando el enojo de Dios vino sobre ellos: dio muerte a sus hombres más robustos; abatió a la flor y nata de Israel.
A pesar de todo, siguieron pecando y no creyeron en sus maravillas.
Por tanto, Dios hizo que sus días se esfumaran como un suspiro, que sus años acabaran en medio del terror.
Si Dios los castigaba, entonces lo buscaban, y con ansias se volvían de nuevo a él.
Se acordaban de que Dios era su roca, de que el Dios Altísimo era su redentor.
Pero entonces lo halagaban con la boca, y le mentían con la lengua.
No fue su corazón sincero para con Dios; no fueron fieles a su pacto.
Sin embargo, él les tuvo compasión; les perdonó su maldad y no los destruyó. Una y otra vez contuvo su enojo, y no se dejó llevar del todo por la ira.
Se acordó de que eran simples mortales, un efímero suspiro que jamás regresa.
¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto, y lo entristecieron en los páramos!
Una y otra vez ponían a Dios a prueba; provocaban al Santo de Israel.
Jamás se acordaron de su poder, de cuando los rescató del opresor,
ni de sus señales milagrosas en Egipto, ni de sus portentos en la región de Zoán,
cuando convirtió en sangre los ríos egipcios y no pudieron ellos beber de sus arroyos;
cuando les envió tábanos que se los devoraban, y ranas que los destruían;
cuando entregó sus cosechas a los saltamontes, y sus sembrados a la langosta;
cuando con granizo destruyó sus viñas, y con escarcha sus higueras;
cuando entregó su ganado al granizo, y sus rebaños a las centellas;
cuando lanzó contra ellos el ardor de su ira, de su furor, indignación y hostilidad: ¡todo un ejército de ángeles destructores!
Dio rienda suelta a su enojo y no los libró de la muerte, sino que los entregó a la plaga.
Dio muerte a todos los primogénitos de Egipto, a las primicias de su raza en los campamentos de Cam.
A su pueblo lo guió como a un rebaño; los llevó por el desierto, como a ovejas,
infundiéndoles confianza para que no temieran. Pero a sus enemigos se los tragó el mar.
Trajo a su pueblo a esta su tierra santa, a estas montañas que su diestra conquistó.
Al paso de los israelitas expulsó naciones, cuyas tierras dio a su pueblo en heredad; ¡así estableció en sus tiendas a las tribus de Israel!
Pero ellos pusieron a prueba a Dios: se rebelaron contra el Altísimo y desobedecieron sus estatutos.
Fueron desleales y traidores, como sus padres; ¡tan falsos como un arco defectuoso!
Lo irritaron con sus santuarios paganos; con sus ídolos despertaron sus celos.
Dios lo supo y se puso muy furioso, por lo que rechazó completamente a Israel.
Abandonó el tabernáculo de Siló, que era su santuario aquí en la tierra,
y dejó que el símbolo de su poder y gloria cayera cautivo en manos enemigas.
Tan furioso estaba contra su pueblo que dejó que los mataran a filo de espada.
A sus jóvenes los consumió el fuego, y no hubo cantos nupciales para sus doncellas;
a filo de espada cayeron sus sacerdotes, y sus viudas no pudieron hacerles duelo.
Despertó entonces el Señor, como quien despierta de un sueño, como un guerrero que, por causa del vino, lanza gritos desaforados.
Hizo retroceder a sus enemigos, y los puso en vergüenza para siempre.
Rechazó a los descendientes de José, y no escogió a la tribu de Efraín;
más bien, escogió a la tribu de Judá y al monte Sión, al cual ama.
Construyó su santuario, alto como los cielos, como la tierra, que él afirmó para siempre.
Escogió a su siervo David, al que sacó de los apriscos de las ovejas,
y lo quitó de andar arreando los rebaños para que fuera el pastor de Jacob, su pueblo; el pastor de Israel, su herencia.
Y David los pastoreó con corazón sincero; con mano experta los dirigió.