Salmo del Día

Un Salmo bíblico diario para inspirar y mejorar tu día.

Salmo de Hoy

Dice el pecador: «Ser impío lo llevo en el corazón». No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Cree que merece alabanzas y no halla aborrecible su pecado.

Sus palabras son inicuas y engañosas; ha perdido el buen juicio y la capacidad de hacer el bien.

Aun en su lecho trama hacer el mal; se aferra a su mal camino y persiste en la maldad.

Tu amor, Señor , llega hasta los cielos; tu fidelidad alcanza las nubes.

Tu justicia es como las altas montañas; tus juicios, como el gran océano. Tú, Señor , cuidas de hombres y animales;

¡cuán precioso, oh Dios, es tu gran amor! Todo ser humano halla refugio a la sombra de tus alas.

Se sacian de la abundancia de tu casa; les das a beber de tu río de deleites.

Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz podemos ver la luz.

Extiende tu amor a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón.

Que no me aplaste el pie del orgulloso, ni me desarraigue la mano del impío.

Vean cómo fracasan los malvados: ¡caen a tierra, y ya no pueden levantarse!

Salmo 36

Salmo de Ayer

Den gracias al Señor , invoquen su nombre; den a conocer sus obras entre las naciones.

Cántenle, entónenle salmos; hablen de todas sus maravillas.

Siéntanse orgullosos de su santo nombre; alégrese el corazón de los que buscan al Señor.

Recurran al Señor y a su fuerza; busquen siempre su rostro.

Recuerden las maravillas que ha realizado, sus señales, y los decretos que ha emitido.

¡Ustedes, descendientes de Abraham su siervo! ¡Ustedes, hijos de Jacob, elegidos suyos!

Él es el Señor , nuestro Dios; en toda la tierra están sus decretos.

Él siempre tiene presente su pacto, la palabra que ordenó para mil generaciones.

Es el pacto que hizo con Abraham, el juramento que le hizo a Isaac.

Se lo confirmó a Jacob como un decreto, a Israel como un pacto eterno,

cuando dijo: «Te daré la tierra de Canaán como la herencia que te toca».

Aun cuando eran pocos en número, unos cuantos extranjeros en la tierra

que andaban siempre de nación en nación y de reino en reino,

a nadie permitió que los oprimiera, sino que por ellos reprendió a los reyes:

«No toquen a mis ungidos; no hagan daño a mis profetas».

Dios provocó hambre en la tierra y destruyó todos sus trigales.

Pero envió delante de ellos a un hombre: a José, vendido como esclavo.

Le sujetaron los pies con grilletes, entre hierros le aprisionaron el cuello,

hasta que se cumplió lo que él predijo y la palabra del Señor probó que él era veraz.

El rey ordenó ponerlo en libertad, el gobernante de los pueblos lo dejó libre.

Le dio autoridad sobre toda su casa y lo puso a cargo de cuanto poseía,

con pleno poder para instruir a sus príncipes e impartir sabiduría a sus ancianos.

Entonces Israel vino a Egipto; Jacob fue extranjero en el país de Cam.

El Señor hizo que su pueblo se multiplicara; lo hizo más numeroso que sus adversarios,

a quienes trastornó para que odiaran a su pueblo y se confabularan contra sus siervos.

Envió a su siervo Moisés, y a Aarón, a quien había escogido,

y estos hicieron señales milagrosas entre ellos, ¡maravillas en el país de Cam!

Envió tinieblas, y la tierra se oscureció, pero ellos no atendieron a sus palabras.

Convirtió en sangre sus aguas y causó la muerte de sus peces.

Todo Egipto se infestó de ranas, ¡hasta las habitaciones de sus reyes!

Habló Dios, e invadieron todo el país enjambres de moscas y mosquitos.

Convirtió la lluvia en granizo, y lanzó relámpagos sobre su tierra;

derribó sus vides y sus higueras, y en todo el país hizo astillas los árboles.

Dio una orden, y llegaron las langostas, ¡infinidad de saltamontes!

Arrasaron con toda la vegetación del país, devoraron los frutos de sus campos.

Hirió de muerte a todos los primogénitos del país, a las primicias de sus descendientes.

Sacó a los israelitas cargados de oro y plata, y no hubo entre sus tribus nadie que tropezara.

Los egipcios se alegraron de su partida, pues el miedo a los israelitas los dominaba.

El Señor les dio sombra con una nube, y con fuego los alumbró de noche.

Pidió el pueblo comida, y les envió codornices; los sació con pan del cielo.

Abrió la roca, y brotó agua que corrió por el desierto como un río.

Ciertamente Dios se acordó de su santa promesa, la que hizo a su siervo Abraham.

Sacó a su pueblo, a sus escogidos, en medio de gran alegría y de gritos jubilosos.

Les entregó las tierras que poseían las naciones; heredaron el fruto del trabajo de otros pueblos

para que ellos observaran sus preceptos y pusieran en práctica sus leyes. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor !

Salmo 105

Salmo de Anteayer

Señor , mi corazón no es orgulloso, ni son altivos mis ojos; no busco grandezas desmedidas, ni proezas que excedan a mis fuerzas.

Todo lo contrario: he calmado y aquietado mis ansias. Soy como un niño recién amamantado en el regazo de su madre. ¡Mi alma es como un niño recién amamantado!

Israel, pon tu esperanza en el Señor desde ahora y para siempre.

Salmo 131