El pasaje de Lucas 1:39-56 describe el encuentro de María, embarazada de Jesús, con Elisabet, quien estaba embarazada de seis meses de Juan el Bautista.
Después de recibir el anuncio del ángel Gabriel, María parte de prisa hacia la región montañosa de Judea, movida por la fe y la alegría. Al llegar, Elisabet, llena del Espíritu Santo, reconoce la grandeza de la visita.
El niño en el vientre de Elisabet salta de alegría, celebrando la presencia del Mesías. Y María responde con un cántico: el Magníficat. Este momento revela la comunión entre dos mujeres escogidas por Dios en su historia de salvación.
En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.
(Lucas 1:39-45, RVR1960)
¿Qué significa la visita de María a Elisabet en Lucas 1:39-45?
El versículo inicial muestra a María partiendo de prisa para ir a visitar a Elisabet. El detalle revela su disposición y su fe: va sin dudar. La prisa no muestra ansiedad, sino ganas de compartir la gracia recibida.
En los versículos 40-41, al saludar a Elisabet, sucede algo extraordinario. Juan el Bautista, todavía en el vientre de su madre, salta, y Elisabet es llena del Espíritu Santo. Aquí vemos la acción de Dios incluso antes del nacimiento, anticipando la misión de Juan como precursor de Cristo.
En el versículo 42, Elisabet proclama a María «bendita entre las mujeres» y bendice al hijo que va a nacer. La expresión resalta la humildad de María y su participación única en el plan de la salvación. No es un elogio a María en sí misma, sino a lo que Dios está haciendo por medio de ella.
El versículo 43 manifiesta el corazón humilde de Elisabet: «¿Cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme?». Ella reconoce a Jesús como Señor incluso antes de su nacimiento. Su fe estaba iluminada por el Espíritu.
El versículo 45 cierra esta primera parte con el motivo de la alegría de María: «¡Dichosa tú que has creído!». María es feliz no solo por ser madre de Jesús, sino sobre todo por creer en la promesa de Dios.
El cántico de María: el Magníficat (Lucas 1:46-56)
Aquí muchas explicaciones se detienen. Pero el encuentro no termina en la bendición de Elisabet: termina en la respuesta de María. A la bendición, María contesta con un cántico de alabanza que conocemos como el Magníficat.
María empieza poniendo a Dios en el centro: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:46-47). Fíjate en una palabra: Salvador. María, la madre elegida, se cuenta a sí misma entre los que necesitan ser salvados.
Luego dice por qué canta: Dios se fijó en su humilde condición (Lucas 1:48). No canta por lo que ella es, sino por lo que Dios hizo. Esa es la diferencia entre orgullo y gratitud.
La segunda mitad del cántico gira el mundo al revés. Dios derriba a los poderosos y levanta a los humildes; llena de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías (Lucas 1:52-53). El Dios de María no es neutral: se pone del lado de los pequeños.
Y termina en la memoria: Dios cumple la promesa que hizo a Abraham (Lucas 1:54-55). El Magníficat no es solo emoción. Es fe que recuerda lo que Dios prometió y confía en que lo va a cumplir.
María se quedó con Elisabet unos tres meses y luego volvió a su casa (Lucas 1:56). El encuentro empezó con una prisa de fe y terminó con un tiempo de compañía.
Lo que nos enseña el encuentro de María con Elisabet
La visita de María a Elisabet nos enseña que la fe verdadera genera movimiento, servicio y alegría. María no se encerró en sí misma después del anuncio del ángel. Al contrario, fue al encuentro de otra persona, llevando a Cristo en su vientre.
El salto de Juan en el vientre muestra que Jesús es fuente de alegría y de vida, y lo fue desde antes de nacer. Elisabet, inspirada por el Espíritu Santo, proclama verdades que sostienen nuestra fe.
El Magníficat nos deja el modelo más claro. María es bendecida no sobre todo por ser madre, sino por creer. Y su fe no se queda callada: se convierte en cántico. La fe que confía termina en boca que alaba.
Hoy estamos llamados a imitar a María: en su fe que confía, en su prontitud para servir y en su alegría al anunciar a Cristo. También a reconocer las señales del Espíritu que despiertan vida y esperanza en lo cotidiano.
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